La tarde del pasado sábado paseando por el parque, a pesar de que la metereología no era propicia, pudimos disfrutar de un paréntesis en el que las nubes abrieron una pequeña ventana hacia las estrellas y nos mostraron a Sirio, la más brillante del firmamento y a la anaranjada Procyon, ambas pertenecen a las constelaciones de Canis Major y Canis Minor, respectivamente. Los 2 grupos estelares son los fieles acompañantes de la Constelación de Orión que también lucía con su inconfundible silueta. En esta ocasión para enriquecer más el cuadro que enmarcaban las nubes se sumaron en su “errante caminar” los planetas, Marte y Júpiter.
Contemplando los astros en esta pequeña abertura celeste me vinieron a la mente los numerosos artístas que se han inspirado en el firmamento y lo han plasmado en sus lienzos, a veces de manera clara y reconocible como el caso de “Noche Estrellada sobre el Ródano” del genial pintor holandés, Vincent Van Gogh; personalmente tengo debilidad por su obra y por su triste historia.
Levantar la mirada a un cielo estrellado, en campo abierto y libre de contaminación lumínica es reconfortante y serena el ánimo. El propio Vincent reconocía en una de sus cartas a su hermano Theo, “no se nada a ciencia cierta, pero si sé que contemplar las estrellas me hace soñar”.
La visita a un museo y admirar las obras de los grandes artistas puede ser tan reconfortante como la armonía y belleza celestial, ambas creaciones, la divina y la humana van de la mano cuando las musas llaman a la puerta.
En el caso del cuadro que he mencionado está muy claro lo que su creador nos estaba mostrando, parte de la constelación de la Osa Mayor, pero hay otros cuadros en los que es divertido ir desentrañando los guiños y mensajes que nos envía el autor, de uno de ellos vamos a hablar en este artículo: “Los Embajadores” de Hans Holbein “El Joven”.
La obra, fechada en el año 1533, se situa en pleno Renacimiento, época que supuso una vuelta hacia la cultura greco-romana. Los artistas volvieron sus ojos hacia la naturaleza.
Posteriormente en la Edad Media las diciplinas académicas se dividían en 2 grupos: Quadrivium (Geometría, Aritmética, Música y Astronomía) y el Trivium (Gramática, Retórica y Dialéctica).
La composición de “Los Embajadores” muestra a 2 diplomáticos, Jean de Dinteville y Georges de Selve, ambos embajadores en la corte de Inglaterra en un momento en el que la relación entre los países eran un tanto convulsa, estamos hablando de la época en la que Enrique VIII de Inglaterra se separó de la iglesia católica para poder casarse con su segunda esposa, Ana Bolena, a la que acabaría enviando al cadalso.
Relaciones diplomáticas aparte, lo que Holbein refleja en su obra es su conocimiento de las 7 artes liberales y nos muestra una serie de objetos que de manera simbólica hacen alusión a las cuatro materias del Quadrivium, antes mencionado.
En el estante inferior de la consola donde se apoyan los embajadores contemplamos un laud, un estuche con varias flautas y un libro abierto con himnos luteranos en clara alusión a la Música, la Aritmética en el libro semicerrado, marcado con una escuadra obra de Petrus Apianus como ayuda en la práctica mercantil a la emergente burguesia de la época, la Geometría tal vez en los dibujos del suelo y finalmente la Astronomía, la más representada, en el tablero superior con 2 relojes de sol, uno cilíndrico y otro poliédrico, un cuadrante y un Torquetum que permitían determinar la posición de los astros, un globo celeste en el que se puede apreciar claramente la constelación del Cisne con la inscripción Galacia del latín Gallia y de donde procede el actual nombre de Francia) y en la parte inferior un globo terráqueo.
Hans Holbein demuestra un claro dominio de la perspectiva anamórfica, una técnica artística que distorsiona las imágenes de manera que sólo pueden verse desde un ángulo específico o con el uso de un espejo curvo.
En la parte inferior central aparece un mancha alargada que vista de frente no puede identificarse, para averiguar lo que realmente representa hay que mirar el cuadro desde otra perspectiva, es decir, si nos situamos de manera lateral desde el ángulo inferior y mirando de forma oblicua descubrimos que se trata de un cráneo humano, en clara referencia a la muerte y fugacidad de la vida, tema muy recurrente en esa época.
Para terminar me gustaría hacerlo con una profunda reflexión de otro de los personajes que me inspiran, el sacerdote ortodoxo ruso Pável Florenski, y que viene a unirse con el comienzo del artículo: “Mirar más a menudo las estrellas, cuando estéis tristes, cuando tengáis un peso en el alma, entreteneros con el cielo, entonces vuestra alma encontrará la tranquilidad”.
ANA ROMÁN ESTELA
(AGRUPACIÓN ASTRONÓMICA ARAGONESA)
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